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Magnolia Rivera Las Sinestesias del Arte |
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LITERATURA ¿Cuándo comenzaron a interesarle a Magnolia Rivera las palabras?
¿Cuándo los vocablos escritos y los verbalizados? Sabe que desde muy niña pidió a su madre que le enseñara a
escribir, antes de ser aceptada en la escuela de educación básica. Se acuerda cuando trazaba en el cuaderno la forma de cada letra. Aprendió a escribir con las dos manos, y hubiera querido también
usar los pies y todo el cuerpo para delinear los sinuosos caminos del
abecedario. Recuerda con qué avidez la niña Magnolia tomaba el diccionario
todos los días para estudiar una nueva palabra. Sus favoritas eran las más
rebuscadas. Anotaba el vocablo, lo escribía hasta llenar una plana, lo
repetía en múltiples ocasiones en voz baja, lo miraba una y otra vez y luego
salía a la sala de su casa, y a la calle, para estrenar ese juego de sonidos,
con el más mínimo pretexto, a veces en estructuras poco comunes: -Mamá, el sol esta muy explícito este día. -Tengo que hacer la tarea inexorable. El sonido consonante que más le agradaba era el de la X. Su
vocal favorita, Años después, Magnolia escribiría: La A es la primera letra de nuestro alfabeto. Letra perfecta porque apunta al cielo. Signo que conecta
el Arriba con el Abajo. Con A se escriben nombres luminosos y mágicos: arcoiris, ánade, amor,
agua. Hay otra hermosa palabra que comienza con A: árbol. La belleza del árbol asombra agrada Apabulla Escribo esta página a la sombra de un manzano sembrado en
medio del jardín de la casa. En torno a mí caen las hojas amarillas del otoño.
Amarillas con A. El viento mece las ramas, que pronuncian una palabra
tersa, suave, prolongada: aaaaaarbol, aaaaarbol. Para su fortuna, Magnolia vivió en una casa llena de libros,
obras que leyó para sí misma y para otros, porque desde niña quiso compartir
sus hallazgos. Leía en voz alta, aunque estuviera sola. Luego, le pasaba como
a la mayoría de las personas: después de leer, le entraban ganas de
escribir. Tenía una libreta de colores. En ella dibujaba y escribía al mismo
tiempo. Cuando no podía decir lo que sentía con las palabras, lo escribía con
formas, con dibujos apresurados hechos con el bolígrafo. Esa costumbre sigue con ella desde
entonces. Cuando viaja, traduce sus sensaciones, sus percepciones, a un
cuaderno. Para Magnolia Rivera, las palabras son como las olas del mar de
su infancia:
Por lo general no tengo muchas cosas que lamentar en mi
vida, salvo algunas que dejé de hacer por un millón de causas distintas. Como
bien dicen, el “hubiera” no existe y “lo hecho, hecho está”, pero me encantaría
poder recuperar algo de lo perdido. En alguna ocasión, hace muchos años, tuve oportunidad de
conversar largamente con el escritor mexicano Emmanuel Carballo. Emmanuel es
un experto en el arte de preguntar, pero en aquel tiempo cambiamos banquillo
y fue él el objeto directo y único de mi interrogatorio en esa tarde de
otoño. Las circunstancias propiciaron una plática amena, variada y sobre todo
profunda acerca de la literatura y de la vida. Las palabras que expresó
Emmanuel, en aquella ocasión especialísima, no las
he vuelto a escuchar de nuevo de sus labios ni las he leído en sus textos. Lo
dicho aquel día por Carballo se quedó ahí, en los sillones de esa casa vieja
de Guadalajara y en esa grabadora de bolsillo que perdí al dejarla olvidada
en un teléfono público, horas después del encuentro con el escritor. Hubiera
hecho muchas cosas con esa entrevista. La hubiera publicado, desde luego. La
hubiera atesorado. La hubiera. Pero el hubiera no existe. Lo mismo me pasó
con los apuntes que realicé durante las charlas que Juan José Arreola sostuvo por meses con amigas y conmigo en un
pequeño taller de mujeres en la capital tapatía, a mediados de los años 80.
Un día Arreola vio mis apuntes, escritos en fichas
blancas con letra menuda y siempre ordenadas en cajitas de colores por temas
y por fechas. Las revisó con cuidado: “¿Yo dije esto? ¿Cuándo? Ah, sí, que
bien...mmm...interesante...” Luego me miró y dijo
muy serio: “Tú y yo vamos a hacer un libro con todo esto”. Aunque nunca
concretamos ese proyecto, guardé las fichas segura
de que un día no muy lejano el libro en cuestión se haría realidad. Me llevé
los ficheros a mi casa en la playa -a la que iba a escribir a solas
únicamente en cierta época del año- y el destino intervino: llegó pronta una
tormenta como nunca se había visto en esas costas, el agua inundó la casa
deshabitada y se coló a los archiveros, convirtiendo en sopa muchos de mis
documentos más preciados, entre ellos las fichas para ese libro. Algo similar me pasó con una conversación que sostuve con
el poeta Elías Nandino, de los Contemporáneos.
Estuve en su casa en Cocula, Jalisco, dos años
antes de que falleciera. En aquella ocasión Nandino
dijo cosas no contadas, sustrajo detalles de sus memorias, me mostró el
retrato que le hizo Montenegro y otros objetos que valoraba mucho. Me enseñó
sus libros y se sentó conmigo en el patio a platicarme toda su vida en cinco
horas. Hablamos de Villaurrutia , de la poesía, de la muerte, del amor. Ese día, Nandino me pareció concentrado en revivir a pulso lo mejor
y lo peor de su vida. Habló con pasión, con ánimo. Después de esa charla, en
el trayecto a Guadalajara, tuve un percance en la carretera. Nada lamentable,
pero suficiente para tener que pedir una grúa que remolcara mi auto. Lo grave
no fue el incidente del coche averiado sino la pérdida –no sé donde, ni en
qué momento- de los cassettes que iban en mi bolsa
de mano y que había puesto en el asiento del copiloto. Nada me quedó de aquella plática con Nandino,
apenas su perfil dibujado en el patio y el movimiento acompasado de sus manos
al hablar, el eco de su voz y una sonrisa honda que todavía puedo mirar en el
tiempo. Pero las palabras, todas las que me dijo, las perdí como
extravié las otras. Las perdí para siempre. Ya no las busco. A Magnolia le gustan
los cementerios para escribir y para hallar historias. No se considera
necrófila, sin embargo es adicta a la paz de los camposantos. De esos lugares
valora la arquitectura, el silencio, las sensaciones al caminar por las
veredas. Ahí escribió una de sus obras de teatro breve Post Tenebras Spero
Lucem. Ahí surgieron ensayos y poemas: Las tumbas parecen pañuelos antiguos Bordados de epitafios amorosos y tristes.
Con frecuencia, mientras pinta, vienen a su mente las historias o
las ideas por escribir. Cuando escribe, un lienzo aparece en su imaginación. (En la historia del arte universal, toda pintura es narrativa,
incluso la que no pretende decir nada concreto. A la vez, toda literatura es
un arte plástica, que pinta con vocablos). Para Magnolia Rivera, siempre hay un tema que quiere ser
garrapateado en el papel, aún en los días que parecen ser estériles. A veces no tiene uno nada qué escribir. Miramos el mundo,
todo nuestro entorno y, sin embargo, a pesar de tantas imágenes, olores y
colores, no hay las ganas de elegir un tema ni de tomar la pluma para
garrapatear letras. Así amanecí hoy, dando la espalda al cielo, con la
imaginación dormida en la almohada. Desenrosqué mi cuerpo y, después del
largo bostezo, decidí no hacer nada en todo el día. Quizá más tarde cambiaré
de opinión, pero en este momento sólo pienso en disfrutar del desayuno y del
sol que ilumina mi cuarto. Hoy no voy a pensar en los pendientes, en esa lista que
mentalmente nos hacemos de cosas que nos parecen importantes y que “tenemos
que” llevar al cabo, según nosotros. Este día me miraré como miro a la actriz de una película,
viendo su vida desde afuera, curioseando en su existencia, como si no fuera
la mía. Qué maravilla poder apagar el despertador y seguir
acurrucada. Qué placer imaginar que es domingo, aunque sea jueves. Qué gusto salir de la rutina. Debo aclarar que no todo en
este mundo me aburre. Hay hechos fascinantes que suceden a diario frente nuestros
ojos y que son ocasión repetida para sorprenderse ante lo bello. Como decía
Octavio: “El sol sale todos los días por el mismo lado y todos los días es la
misma maravilla”. Así es que hoy no me aburriré del milagro de la
existencia, ni de la naturaleza, ni de tener un mismo cuerpo o un rostro
idéntico al de ayer. Hoy me saldré de la rutina para revalorar las cosas de
siempre, las que nunca cambian, por fortuna. Y, como no tengo ganas de escribir, no tomaré la pluma ni
pondré una sola letra en el papel. Magnolia Rivera ha ganado certámenes literarios. El
reconocimiento más importante que ha obtenido hasta el momento en este ámbito
es el Premio Internacional de Ensayo Siglo XXI 2004, convocado por Siglo XXI
Editores, la Universidad Autónoma de Sinaloa y el Colegio de Sinaloa. El
galardón lo obtuvo con su libro Trampantojos
El Círculo en la Obra de Remedios Varo. El texto es un ensayo acerca de
la obra de la gran artista española que radicó en México hasta su muerte en
1963.
Magnolia se hizo acreedora a este reconocimiento por decisión
unánime. Según el acta emitida para la premiación, el jurado se basó, en
" la sugerente interpretación de la producción artística de la pintora
Remedios Varo, expresada en una obra muy bien estructurada, que incluye un
aparato crítico e interpretativo de seductora erudición".
Premio Internacional de Ensayo Siglo XXI 2004. Ceremonia de
Entrega. Palacio de Minería. Ciudad de México.
Magnolia Rivera y Dr. Jaime Labastida,
Director de Siglo XXI Editores, México. Magnolia estudió la Licenciatura en Lengua y Literaturas
Hispánicas en la Universidad Autónoma de Guadalajara. Actuó en obras de
teatro y fue miembro fundador del Taller de Literatura Mariano Azuela en
dicho plantel y asistió a otros talleres literarios como el Rosario
Castellanos en la Casa de los Colomos de
Guadalajara (en donde tuvo como maestro al escritor Juan José Arreola). Durante este lapso de estudios universitarios,
Magnolia Rivera estudió francés y redactó diversos ensayos profundos sobre
temas, autores y obras de repercusión universal. Entre sus escritos más
amplios en esta época se encuentra un estudio del teatro completo de Lope de
Vega, un análisis de El Señor
Presidente de Miguel Angel Asturias, un revisión comparativa de la poesía femenina
iberoamericana y un estudio crítico de El
Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. Las lecturas de Magnolia
Rivera en estos años se centraron en panoramas tan diversos como el de la
literatura medieval, el realismo ruso y el existencialismo francés, el
costumbrismo en México o la narrativa de la postguerra
civil española. Su tesis de licenciatura se titula El Modernismo en la Poesía de Enrique González Martínez, texto
cuya investigación llevó a cabo asesorada por el doctor Wolfgang
Vogt, filósofo, historiador, crítico e investigador
de la Universidad de Guadalajara, y por la profesora Martha Andonaegui de la Universidad Autónoma de Guadalajara. En estos años Magnolia realizó su servicio social como asistente
del Departamento de Museografía del Instituto Cultural Cabañas en la capital
tapatía y como asistente de la coordinación de Talleres Literarios del
Departamento de Bellas Artes del Estado de Jalisco, haciendo también presentaciones de escritores.
Magnolia Rivera presenta poetas jaliscienses. Guadalajara 1991 Después siguió su oficio de escritora desempeñándose como
periodista. En cada reportaje, en cada noticia, había una historia que ella
quería contar. En 1995 Magnolia fue por breve tiempo alumna regular de la
Maestría en Literatura Iberoamericana en la Universidad Nacional Autónoma de
México. Durante los meses en los que tomó clases con los doctores Horacio
López Suárez y Liliana Weinberg y con el profesor
Arturo Souto Alabarce se
nutrió de nuevos enfoques y principios fundamentales para enriquecer su
propia labor creadora. Magnolia llena cuadernos de viaje con acuarelas y dibujos, pero
sobre todo con muchas palabras que intentan arrancarle un retazo a cada
geografía. Escribe con el lápiz o en la computadora, en la madrugada o en la
noche, en el silencio o en el bullicio. Porque recuerda que Verba volant, scripta manent: el viento
se lleva lo dicho pero lo escrito permanece. A veces le preguntan a uno “¿Y cómo fue que te volviste
escritor?”. La cosa es que uno no se vuelve, uno ya era. A mí me tocó ser
escritora. Como dice Antonio Gala, el oficio de escribir es un asunto de
destino, ni siquiera se trata de vocación. Esto le pasa a muchos seres
humanos, incluso a los que no se dedican profesionalmente a esta labor. Por fortuna, yo me dedico a escribir. Hay quienes no
pueden hacerlo y quisieran. Hay quienes, por tener que desarrollar algún
menester de subsistencia, no pueden sentarse a escribir un cuento, una
novela, un poema. A veces -en la noche, o mientras no llegan clientes a la
tienda, o mientras el marido o la esposa duerme- estos predestinados se
abalanzan sobre su cuaderno y escriben a borbotones todo lo que el día les
susurró al oído. No pueden evitarlo. Hay muchos cuadernos, millones de hojas,,
de papelitos sueltos, de servilletas garrapateadas, en donde ellos - los
predestinados- depositan mundos,
vidas, acontecimientos. Un día escuché a un pintor famoso decir que él no creía
en eso de que hay artistas o genios soterrados, desconocidos, habitantes de
algún pueblo lejano, que nunca serán descubiertos. Decía: “El que es bueno,
tarde o temprano se hará famoso”. Sin embargo, estoy convencida de que las
obras de muchos buenos escritores no habrán de ver nunca la luz, se quedarán
en algún cajón oscuro y se perderán en el tiempo. Eliseo Alberto agradecía
por eso el haber nacido en el ambiente propicio, en el sitio exacto que le
permitió desarrollar y dar a conocer
su talento literario. No digo que todos los escritores desconocidos de los pueblos
sean buenos – como no lo tenemos que ser forzosamente los que vivimos en las
urbes - pero de que hay perlas caras y escondidas, las hay. Escritores que,
sin fama y sin premio alguno, seguirán anotando palabras, inventando páginas,
recreando al universo, simplemente porque no hay remedio, porque para eso
nacieron, y así se van a morir, escribiendo. Poemas de Magnolia Rivera: http://www.prometeodigital.org/MUESTRA_RIVERA_0201.htm Muestra Siglo XXI de
Poesía en Español. _____________________________________________________________
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