Magnolia Rivera

Las Sinestesias del Arte

 

 

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UNA SEMBLANZA

 

Magnolia nació frente al océano y desde entonces lo lleva consigo, aunque ya no viva en su puerto natal.

 

Eso le pasa a cualquiera que se haya bañado en la sal diluida del ponto. A cualquiera que haya seguido las huellas de los cangrejos en la arena. A todo aquel que escuchó en sus noches de niño flamígeras leyendas de grayas y de poseidones.

 

Graya I, Mixta/madera, 1996

De la serie Del Mar y otros sueños

Graya II, Mixta/madera, 1996

De la serie Del Mar y otros sueños

 

 

Magnolia lleva una bolsa de viaje. A veces se desbordan olas y la música de una fiesta porque ella es hija también del carnaval. Sus ojos de alma puella vieron desfilar por muchos años a las mujeres hermosas, a las reinas, ataviadas con piedras y brocados, sobre el oropel rotundo –luminosa plétora- de los carros alegóricos, en las carnestolendas de su Mazatlán.

 

Desde entonces quedó grabada en su mente la fascinación por el mito y la devoción por los colores y las formas del mundo. De ahí surgió la serie de ensambles y bordados que construiría años después, titulada Del Mar y Otros Sueños. Ahí plasmó esas visiones de alegoría, magia y esplendor.

 

 

 

Virgen del Mar (detalle), Mixta s/madera 1999

De la Serie Del Mar y Otros Sueños

 

 

 

Cuando Magnolia Rivera es barroca en sus obras, cuando las inunda de sueños y de formas, está dando paso a la reminiscencia de aquel pretérito tan presente y suyo, poblado de imágenes vivas y de símbolos eternos.

 

 

Mar Invertebrado, mixta s/madera 1999

De la Serie Del Mar y Otros Sueños

 

Papalote Mixta s/tela 1999

De la Serie Del Mar y Otros Sueños

 

 

 

Pero Magnolia Rivera no es siempre la misma, ni en su vida ni en sus obras. Porque le gusta el cambio, la emoción nueva, y no le asusta la palabra búsqueda. Para buscar se necesita tener curiosidad, afán de descubrir y de arribar a un destino.

 

A ella le gusta ese tránsito, esa ruta que la lleva a indagar y a ser cambiante, en su pintura, en su literatura, en su existencia diaria. Por eso a veces es leve en sus obras y en otras contundente. A veces colorida y a veces claroscura. No se encasilla. Le gusta abrir el dique y dejar fluir el instante en el lienzo y en la escritura.

"La vida es la búsqueda más grande. Si no se busca, se vegeta. Nacemos para indagar, para explorar, para jamás llegar" dice Magnolia. Está convencida de que todas las cosas son una y escucha con paciencia a quien le dice:

 

-Entiendo que pintas y que escribes pero ¿qué eres realmente? ¿una escritora o una pintora?

 

Ella sabe que es un ser humano que pinta, que escribe, que viaja, que lee, que toma los regalos de la vida y entiende este tiempo vital como una ruta de paso que se aquilata al máximo por su fugacidad y por su hondura. Es un ser humano que no necesita colgarse un rótulo para definirse.

 

Mario, su padre, le enseñó a viajar, a no quedarse en el mismo sitio mucho tiempo. Desde los ocho años ella lo acompañó en sus travesías como líder cooperativista. Con él aprendió a adaptarse a lo imprevisible: un día podía estar en un pueblo pequeño y sin servicios y al día siguiente en un sitio cómodo y urbano. Un día podía dormir en una hamaca y al siguiente en un mullido colchón. Su padre le enseñó a valorar también el pequeño plato de sopa. De él, de Mario, heredó la pasión por coleccionar y aprendió de su entereza para luchar por un ideal.

 

Magnolia fue amiga de su madre Rebeca y estuvo con ella incontables horas de la infancia, primero admirándola, viéndola trabajar, y luego creando junto a ella. Rebeca escribió un poemario a lo largo de su vida y publicó artículos y pequeñas historias en revistas de circulación nacional. Pintó paisajes al óleo y realizó dibujos a lápiz sobre papel, mientras la pequeña Magnolia observaba a su lado.

 

Magnolia es dual porque es la síntesis de dos personalidades: su padre estaba siempre entre multitudes, mientras su madre prefería el retiro para escribir y pintar. Magnolia es un poco él y un poco ella: disfruta de la gente, le gusta salir al mundo y verlo muy de cerca, pero valora también los tiempos a solas para crear y meditar.

 

Es dual en los contrastes, pero es una cuando éstos se complementan. Parece bifurcarse al escribir y al pintar, pero en realidad su inquietud es única: crear.

 

Jugar con la palabra misteriosa, buscando el vocablo que se escapa. Inventar el color que todavía no nace.

Perseguir la frase, la forma y sus confines, querer encontrar el vaso preciso, la balsa en donde quepan todas las inquietudes, los anhelos, las esperas.

 

Hallar la fórmula, el signo, el lenguaje universal del arte.

 

 

 

 

 

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